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El monumento Bugatti
Los hermanos Hans y Fritz Schlumpf se dedicaron durante casi 30 años a comprar automóviles Bugatti. Su pasión se tornó locura y sus empresas quebraron debido al desvío de fondos. El gobierno francés les expropió la colección y le dio forma a lo que hoy es Museo Nacional del Automóvil de Francia.

Por Estanislao M. Iacona


Una vida rica y escandalosa
Los hermanos Hans y Fritz Schlumpf nacieron en Suiza, vivieron desde pequeños en Omegna, una ciudad cercana a Milán, en el norte de Italia. Hijos de un empresario textil suizo, ambos pasaron sus primeros años muy cerca de donde había nacido quien años mas tarde se convertiría en su ídolo máximo, Ettore Bugatti. En 1919, y tras la muerte de su padre, la familia Schlumpf se trasladó a Francia, más precisamente a Mulhouse, en la Alsacia Francesa, de donde era originaria su madre, Jeanne.
Tras su paso por el colegio, Hans comenzó a trabajar como aprendiz en un banco, mientras que Fritz hizo sus primeras armas en el corretaje de mercaderías.
Los años 30, plena época de la depresión económica europea, mostraron a un Fritz lúcido y hábil para los negocios, comenzando a forjar una importante fortuna. Hans no le fue en saga y en base a los ahorros que poseían, en 1938 compraron la vieja hilandería de Malmerspach. Los dueños eran de origen judío, y temiendo por el nuevo régimen nazi, decidieron la urgente venta de la fábrica para emigrar hacia otras tierras. Los Schlumpf remodelaron el establecimiento, dándole vivienda a los empleados, creando un comedor y sectores de esparcimiento.

Ligados al poder nazi, los Schlumpf no eran bien vistos en Mulhouse ya que las banderas del régimen encabezado por Adolf Hitler adornaban los frentes de sus fábricas. Se presume que de alguna manera ayudaron al régimen nazi, aunque algunos historiadores creen que también vendieron información al gobierno inglés.
Mas allá de las cuestiones políticas, los negocios iban viento en popa y ambos se hicieron de una fortuna incalculable.
En 1946 un escándalo estalló en la vida de Fritz Schlumpf. Su esposa Paula, una joven modelo y actriz, asesinaba en París a Raoul Simha, un financista griego que era su amante. El juicio en su contra duraría más de dos años y ella acabaría en prisión. Este incidente pareció no haberle molestado mucho a Fritz ya que por entonces sus negocios crecieron aún más. Junto a su hermano se convirtió en principal accionista de dos importantes hilanderías, la Erstein, Gluck y Cia. y la Deffrenne y Cia. Pero el imperio Schlumpf no tenía fronteras, y así adquirieron una bodega que fabricaba champagne, el hotel Du Parc en Mulhouse y gran cantidad de bienes raíces. En 1972 Fritz Schlumpf fue ubicado como el sexto hombre más rico de Francia.

La obsesión Bugatti
A partir de 1956, los hermanos Schlumpf habían comenzado a comprar y coleccionar automóviles clásicos y de competición. Su mayor ambición -su obsesión- eran las Bugatti. Se habían propuesto devolver a Mulhouse todas las Bugatti que de allí habían partido, ya que solían sostener que "allí pertenecían". La fábrica gala se encontraba en Molsheim, muy cerca del imperio Schlumpf.
Fue así como dieron curso a su idea, lo que derivó en una manía sin límites. Adquirieron autos, colecciones completas y todo tipo de objetos u obras de arte que tuvieran el sello Bugatti. Compraron a cualquier precio, elevando los valores de las Bugatti a nivel mundial en forma insólita y alarmante. Llegó un punto en que ya no pudieron aparecer más y mediante testaferros y prestanombres siguieron con la furiosa búsqueda de las Bugatti por el mundo entero. Compraron vehículos únicos y especiales, y en algunos casos acumularon más de 30 unidades de un solo modelo.

El mayor ingreso de objetos se produjo en 1963, cuando la casa italiana cerró sus puertas adquirida por la Hispano Suiza. Los Schlumpf compraron todo el mobiliario, el herramental y 20 autos entre completos y desarmados, donde se incluía una imponente Bugatti Royale que había sido el auto personal de Le Patron, Ettore Bugatti, y que él mismo había conducido al ingresar a París, tras la liberación de Francia.
Un año más tarde, un tren desde Marsella con 30 Bugattis llegaba a Mulhouse. Era la colección Shakespeare proveniente de EE.UU. A esta altura acumulaban la mayor cantidad de Bugatti conocida en el mundo, hecho que de manera alguna iba a hacer variar la conducta de ambos, quienes siguieron comprando desenfrenadamente.
Como la colección crecía y crecía, decidieron abrir su propio taller de reparaciones para acondicionar los autos, alistando más de 30 especialistas en el tema.

Existía la creencia de que sólo compraban Bugatti, pero cuando la colección finalmente vio la luz en 1977, se encontraron modelos exclusivos de otras marcas: el Panhard del presidente francés Raymond Poincaré; un Daimler de la familia real inglesa; varios Mercedes Benz del tipo Grand Prix; dos docenas de Gordinis; algunos Rolls Royce; varios modelos de Alfa Romeo y Maserati, entre otros.
En 1965, y por primera vez desde que los autos comenzaron a llegar a Mulhouse, hubo un "open house" para un grupo de selectos invitados: el príncipe Bertil de Suecia, el príncipe Louis-Napoleon, el príncipe Furst von Metternich, el conde Villa de Piaderna y los pilotos Louis Chiron y Emmanuel Von Graffenried. Las pocas fotos que se tomaron del encuentro fueron retenidas por Fritz Schlumpf y nunca se exhibieron.

Cuando los números mandan
La "Schlumpf manía" ya era una verdadera locura y Hans fue el primero en darse cuenta. De una u otra forma intentó parar la desmesurada compra de autos pero fue en vano.
Todo el capital de los Schlumpf estaba en los autos, que para ese entonces no les redituaba ingreso alguno. Sus empresas tenían maquinaria vieja y ninguna inversión se había hecho en las mismas durante varios años; en conclusión el balance arrojaba pérdidas.
A todo esto, los periódicos de Mulhouse mostraban avisos clasificados donde los hermanos solicitaban personal para un museo del automóvil que abriría próximamente sus puertas. Esto llegó a oídos de los más de 6000 empleados que trabajaban en sus empresas que, a causa de sueldos adeudados, iniciaron huelgas y protestas.

Fritz ya había encargado la impresión de postales que estarían ubicadas en vitrinas dentro del museo, se habían efectuado reservas hoteleras para huéspedes de Europa y EE.UU., fijando el precio de la entrada en 50 francos. Lo que había sido una de las principales fábricas en la Rue Colmar, se transformaba en un museo de autos.
A principios de octubre de 1976, con las empresas en total crisis y el museo aún cerrado al público, comenzaba el final de esta novela. La producción de sus empresas se detuvo por una huelga general, seguida de actos frente a cada fábrica. Los cánticos y afiches en contra de los Schlumpf podían verse por todos lados.
La casa donde vivían, una pomposa mansión en Thann Valley, fue bloqueada por los trabajadores, quienes cortaron la electricidad y el agua. Una mañana, entre gritos e insultos, 120 prefectos del gobierno francés ayudaron a los hermanos a salir con sus pertenencias camino a la estación de Mulhouse, donde un tren los llevaría para siempre a Basilea, Suiza. La ciudadanía suiza les permitió marcharse dejando atrás el caos (y sus autos) sin poder ser detenidos.
Tras varios años de idas y venidas, finalmente el gobierno francés se hizo cargo de los autos y el museo, pagó las deudas que habían dejado los hermanos Schlumpf, mostrando finalmente al mundo la increíble colección de automóviles acumulada por casi 30 años.

El Museo hoy
¿Qué puede verse hoy en el Museo Nacional del Automóvil de Francia? La cantidad de autos expuestos llega a 400, pero la colección supera holgadamente los 700. Sólo de la marca Bugatti hay más de 120 autos y dentro de esos existen varios modelos únicos. Entre los más destacados están la Bugatti Tank, de 1923; varias tipo 35 en diversas versiones (A, B, C y GP); varias tipo 37; la Royale prototipo, que fue recarrozada en cuatro oportunidades y que era el auto personal de la familia Bugatti; la T 50 monoposto, con la que Jean Pierre Wimille ganara la Copa de los prisioneros, en 1945; La T50 B y la T 251 de 1956 Fórmula 1, diseñada por Gioacchino Colombo, ex Alfa Romeo. La colección se completa con autos únicos de importantes marcas francesas, italianas, alemanas y el resto del mundo.
El gobierno francés -con buen criterio- no sólo restauró casi la totalidad de los vehículos, sino que continuó, esporádicamente, comprando nuevas unidades dando trabajo a miles de personas y generando importantes ingresos. Además, el museo cuenta con un elegante restaurante, así como una completa librería y venta de souvenirs.
La locura de los hermanos Schlumpf llegó hasta a la Argentina, donde estuvieron a fines de los años 60. A Mulhouse se llevaron doce autos, incluidas algunas Bugatti, por supuesto...


 

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